Recuerdo una noche de penumbra, cuando la tristeza me venció y sentí lo que fue morir por un rato... el tiempo se hizo lento y tenía un sabor a sal.
Percibí un olor a arena, entonces abrí los ojos y me dí cuenta que mi soledad me habia llevado al 'laberinto de mis secretos', donde todo es color ceniza, donde no había agua ni viento, sólo recuerdos que no mencionaré.
Descalza corrí hacia el motivo de éste suicido mental, eras tú a quien buscaba en la inconsciencia, permanecías tan natural, tan quieto, no mirabas hacia mí.
No hablé y quise mirarte como antes lo hice...
Eres, empecé a repetirme, un suspiro que no me abandona, locura, sed, amargura.
Eres un escape al amor, un aroma a miercoles a medio día... una herida, mi condenda ¡que se yo!
Eres el tiempo que no perdona y la desesperante distancia que no se ha roto. Eres esa sombra en mi cabeza, una muerte incompleta, un sueño que no he dejado de visitar.
Me fui acercando silenciosamente, es tan doloroso recordar como me mirabas, sonreías con esa boca que me mata...
Tus ojos le hablaban directamente a mi corazón, me veías tan cálidamente que me sentí feliz. Me acercaba y tú lo hacías también y puedo jurar que sentí tu piel, recordé tu voz, tal y como ha sido siempre.
Pero... desperté, daban las 3:35 de la madrugada y aunque abrí los ojos, todo permanecía obscuro y de la nada mi mejilla izquierda se entumió por el frío de una lagrima que escapó, sentí un vacío y un golpe en el pecho, y volví a decir: 'Eres, porque nunca has dejado de serlo'.